Por los pelos (seudónimo de Isabel Pérez van Kappel)

“¿Cuánto te corto?, pregunta el peluquero.

“Poco, en capas”, dice Elisabeth, “me lo estoy dejando crecer”.

“¿Te lo vuelves a dejar largo?”

“Sí”, dice ella.

“Eso te puede llevar mucho tiempo.”

“En dos años lo tendré largo.”

“Sí, dice el peluquero, “en dos años sí.” Se miran en el espejo. Él inclina un poco la cabeza. “¿Qué dice el médico?”

“Que tengo que contarlo.”

“¿Y lo haces?”

“Me cuesta.”

“¿Ah, sí?

‘Sí.’

‘Antes voy a lavártelo.’

‘Me lo acabo de lavar.’

‘¿Y por qué haces eso?’

‘Ya ves, es una tontería, ¿no?’

“De todos modos, tengo que mojarlo.” Le acomoda la cabeza en el lavabo. “¿Y el negocio, cómo va?”

“Con mucho trabajo, ¿sabes? El fin de semana que viene tengo una feria de arte.

“¿Y puedes con todo?”

“Ahora mismo no, ¿verdad?”

“No, ahora mismo no.”

“Tengo temblores.”

“Ya lo he visto.”

“Por lo demás voy bien.”

El peluquero abre el grifo. “¿Está demasiado caliente?”

“No.” Siempre dice que no.

“¿Pero sí sigues en tratamiento, no?”

“Ahora no.” Se cierra el grifo. Le corre agua por el cuello.

“¿Has terminado el tratamiento?”

“No, solo que por ahora no sigo.”

“Ya, solo por ahora.” El frasco de champú está casi vacío.

“Justito, dice el peluquero. Se coloca detrás de ella y le masajea la cabeza. “¿Te han dado algún pronóstico?”

“¿Por el pelo no lo dirías, eh?”

‘¿A qué no?”

“¿Clarea?”

“No, yo diría que no.”

“Puede durar semanas, puede durar meses. Y esto es lo que hay.”

“¿Pero no años?’

“No, años no.”

“¿Lo sabe ya Coco?”

“Sí.”

“¿Qué dice?”

“Pues le parece horrible.”

“Lógico.” Vuelve a abrir el grifo y aclara el champú.

“¡Hay que ver cómo está de grande!”

“Ya tiene veintitrés años.”

“Quiero decir “fuerte”, “grande”, “gorda””.

“Ah, sí, no hace más que engordar.”

“Vaya.”

“Cuando estás gordo es mejor no llevar el pelo tan corto.”

“Eso digo yo también, pero ella quiere llevarlo corto.”

“¿Tan corto?”

“Tal vez no tan corto.” El peluquero coge una toalla y le seca el pelo.

“¿Por qué los peluqueros te cortan siempre más de lo que quieres?”

“Yo es que si no, tengo la sensación de no haber hecho nada.”

“Vaya.”

“Ponte derecha, anda. ¿Lo sabe ya Wilbert?”

“No lo sé. Imagino que Coco se lo dirá. Por aquí tampoco pasa ya, ¿no?”

“Hace ya tiempo que no. Antes sí que se le veía de vez en cuando por la zona, en el bar, pero de eso hace ya años.”

“¿Ha dejado de beber, verdad?”, dice Elisabeth.

“Por esa mujer.”

“Sí.”

“Tal vez sea mejor así.”

“Qué más da”, dice Elisabeth, encogiéndose de hombros.

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