Trombón (seudónimo de Guillermo Briz Blanco) ***premio del público***

– ¿Lo quieres muy corto? –pregunta el peluquero.

– Córtamelo a capas –responde Elisabeth–. Me lo voy a dejar largo.

– ¿Te lo vas a dejar largo otra vez?

– Sí –dice ella.

– Va a tardar un tiempo.

– En un par de años ya está largo.

Sí –dice el peluquero–, en dos años sí –los dos miran al espejo, él con la cabeza un poco ladeada–. ¿Qué te dice el médico?

– Que tengo que hablar de ello.

– ¿Y hablas de ello?

– Me cuesta.

– Sí, ¿no?

– Sí.

– Te lo lavo y vamos allá, ¿vale?

– Me lo acabo de lavar.

– ¿Y eso?

– Ya, qué boba, ¿no?

– Te lo tengo que mojar de todas formas –dice mientras desliza el lavabo bajo la cabeza de ella–. ¿Cómo va el negocio?

– Pues liada. El fin de semana, la feria de arte.

– ¿Y puedes con ello?

– Pues ahora mismo no.

– No, claro, ahora mismo no.

– Por los temblores.

– Ya, ya me había dado cuenta.

– Que si no sí que podría, ¿eh?

El peluquero abre el grifo.

– ¿Está muy caliente?

– No –ella siempre dice que no.

– ¿Sigues en tratamiento?

– Ahora mismo no. –el chorro cesa, un hilo de agua le cae por el cuello.

– ¿Nada que hacer?

– Ahora no, sin más.

– Vamos, que ahora no.

El bote de champú está casi vacío.

– Justo, justito –dice el peluquero. Está detrás de ella y le masajea la cabeza–. ¿Y qué te dicen? ¿Algún pronóstico?

– Qué van a decir.

– Sí, ¿no?

– ¿Está más fino?

– Yo más fino no lo veo, no.

– Lo mismo pueden ser unas semanas que unos meses. Así están las cosas.

– ¿Años no?

– No, años no.

– ¿Lo sabe Coco?

– Sí.

– ¿Y qué dice?

– Pues que qué mal.

– Claro, claro.

El peluquero vuelve a abrir el grifo y le aclara el pelo.

– Qué grande está, ¿no?

– Veintitrés años ya, ¿eh?

– Fuerte, quiero decir. Grande. Gorda.

– Sí, no para de crecer, ¿eh?

– Sí, ¿no?

– Si una está gorda, mejor no llevar tan corto el pelo.

– Eso le dije yo, pero es que lo quiere corto.

– ¿Así de corto?

– Tanto igual no –el peluquero le seca el pelo con una toalla.

– ¿Por qué siempre cortáis más de lo que una quiere?

– Es que, si no, me quedo con la sensación de no haber hecho nada.

– Pues vaya.

– Hala, ponte derecha. ¿Lo sabe ya Wilbert?

– No sé. Se lo dirá Coco, supongo. Él ya no viene por aquí, ¿no?

– Ya hace mucho que no. Antes le veía en el bar de ahí al lado, pero de eso hace ya años.

– Ya no bebe, ¿eh? –dice Elisabeth.

– Por la mujer esa, ¿no?

– Sí.

– Casi mejor.

– Bah –Elisabeth se encoge de hombros.

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